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La frustración que genera un ambiente tan negativo como el actual nos lleva a la resignación, a la derrota. Nos vamos encorvando, vamos inclinando los hombros y perdiendo la fe. Esto nos lleva a aceptar situaciones que de ninguna manera hubiésemos aceptado con los hombros en su sitio.

Esta tarde me duele la cabeza, estoy cansado. Como decía un amigo hace poco, me duelen las tripas de hacerlas corazón.

Hace unos meses descubrí la imagen que ilustra esta entrada. Desde entonces, de una u otra forma, la he tenido presente. Ese ojo desencajado de la cigüeña ante la sorpresa que supone para ella la reacción del sapo, un ser pequeño e indefenso predestinado a ser comido, le levanta el animo a cualquiera.

Hace más de una año que me siento como el sapo en el pico de la cigüeña. Haciendo de tripas corazón y levantándome a cada tropiezo, pero teniendo siempre la sensación de que si suelto el cuello de la cigüeña estoy perdido.

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Estoy cansado, pero por primera vez en más de un año, hoy la cigüeña no ha tenido mas remedio que escupir la cabecilla del sapo.

Vendrán otros picos, otras cigüeñas. Me dolerán las tripas, me sentiré cansado y me limpiaré el polvo de los pantalones en cada tropiezo, pero por fin veo la luz fuera de esa garganta.

Intentaré mantener los hombros en su sitio y nunca, nunca me daré por vencido.

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