Vivimos para encontrarla y cuando la tenemos no sabemos qué hacer con ella.

Vivimos en una sociedad donde para unos hay demasiada libertad y para otros muy poca.

Aquel día por fin, ella se dio cuenta de que al miedo había que tirarlo por las escaleras, y que ahora tenía ganas de subir todos los escalones hasta el final.

Sonreía, sonreía por que se sentía feliz, libre por fin.

Hizo un pacto con ella misma y se prometió no volver a dejar de amarse nunca. Este pulso se lo había ganado ella a su falso reflejo.

Había sido capaz de crear solo con creer, brillaba por sí misma, podía tocar el cielo y contarle a la luna su mejor sueño.

Yo, soy libre.

Libre para reír cuando lloro o para llorar cuando río. Libre para decir si, no o no lo sé… para sacar mi mejor versión.

Libre para cambiar de dirección, dar marcha atrás o volver a empezar,  para hacer mil cosas y que 999 estén sin terminar, para morder el polvo. Para irme para quedarme, o para volver. Para olvidar, para no tenerlo en cuenta. Para saltar aunque no haya nada que coger. Libre Para ser yo misma.

Ahora sí, ella empezó a vivir.

Y es que tener libertad no es lo mismo que sentirse libre.

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