“Falansterio”, XIX Premio de Narrativa Francisco García Pavón

Falansterio

FALANSTERIO – Capítulo 6

Habían transcurrido cuatro días más y Candela estaba en condiciones de admitir que había estado equivocada en muchas cosas, todas en relación a la manera de juzgar aquel extraño lugar que era Alegría. Y no le dolían prendas al reconocerlo y lamentarse de su error, no tanto por ella, como por todo lo que implicaba el giro ‘copernicano’ de acontecimientos que se había producido. La joven estaba aprendiendo que verdaderamente en el mundo nada era lo que parecía y así se lo hizo saber a su amiga a través de su testimonio para que ella extrajera sus propias conclusiones de lo que leyera. No obstante lo anunciado, como no quería precipitar nada a Pilar para que por su relato pudiera ella saber cómo habían sucedido las cosas que le adelantaba, Candela pasó a narrarlo todo por orden de los días que habían transcurrido desde su última carta. Por este motivo dio comienzo al relato con lo ocurrido el martes anterior.

La mañana la habían ocupado en una visita con el señor Valverde. De camino a su destino el Rector explicó que unos días atrás, cuando se habían encontrado con el guarda Uriel, había querido enseñarles el tostadero de azafrán, donde las mujeres mayores se dedicaba al secado de los estambres de esa flor y enseñaban a otras aquella delicada tarea. Pero aquel había sido el último día que habían dedicado a ese trabajo y después de la interrupción para el interrogatorio del guarda se había hecho tarde y ya no había dado tiempo a verlo. Por aquellos días las mujeres del poblado se dedicaban a otra labor que quería que vieran.

Llegaron los tres, atravesando Alegría de parte a parte, a un descampado en un extremo del poblado donde había un barracón rectangular, grande, de madera y adobe, que se comunicaba con otro de la misma forma y tamaño por una pasarela que, a su vez, llevaba a un tercero. En el interior del primer barracón había no menos de cuarenta mujeres sentadas que se daban la espalda en filas de a dos. El ruido de los bolillos entrechocándose descubrió al juez a qué se dedicaban todas. Entre las encajeras que trabajaban moviendo los dedos a gran velocidad iban paseándose dos mujeres mayores que supervisaban la tarea de las más jóvenes, de no más de trece o catorce años. Hacía mucho calor en el interior de los barracones y Candela vio que algunas encajeras, al verlos venir, se subían la camisola de paño grueso que tenían desabrochada y caída por la espalda. Las que estaban más lejos de la entrada y que, con el ruido de los cientos de bolillos no se habían percatado de la presencia de los visitantes, fueron avisadas y se cubrieron rápidamente el torso desnudo. Pero cuando estuvieron los visitantes cerca, fuera porque los identificaran o porque detectaran que el hombre canoso era ciego, volvieron muchas a desnudarse de cintura arriba sin cuidarse del señor Valverde ni de Candela.

 El Rector guió a los visitantes de un lado a otro y describió a su señoría profusamente y con orgullo de capataz eficiente las condiciones laborales de aquellas mujeres. La calidad de los encajes era tenida por excelente y ya iban adquiriendo fama en los mercados. Según el señor Valverde el resultado final de la labor de aquellas mujeres era directamente proporcional a la cuidada higiene del lugar, al beneficio de unos horarios llevaderos y la alegría con que se enseñaba y se aprendía el oficio en aquel lugar.

Además de las encajeras supervisoras en cada barracón había tres niñas que por turnos aprendían el oficio y hacían de aguadoras. Estas niñas recorrían continuamente las filas de mujeres con un puchero de agua y un cazo del que bebían todas y se refrescaban vertiéndose líquido por la nuca. No había cristales en las ventanas y aun así la ventilación era deficiente.

–Hace calor aquí dentro –observó Candela.

–Ellas están acostumbradas. Las mujeres de campo son recias –respondió el Rector, guiñando un ojo a la joven –. Todavía no hemos podido acristalar todas las ventanas y es absurdo dejar unas sin cristal y otras con él. El invierno es más llevadero, calentamos ladrillos y las mujeres los colocan en el suelo y lo cubren con el faldón.

Concluida la visita, de regreso de aquel extremo del poblado, Candela dejó al juez en la entrada de la casa rectoral y aguardó en la plaza a que salieran los niños de la escuela. Y después de comer -los demás, que Candela no probaba bocado que no fuera de pan o verduras si las había-, cuando ya la joven pensaba que aquel sería uno más de aquella sucesión de días tórridos y tediosos el juez, asegurándose de que estaban solos, propuso a su asistente la ejecución de una tarea delicada.

–¡Ha llegado la hora de la acción! –exclamó y pasó a explicar en qué consistía la misión que no era otra que colarse dentro de la casa de la desaparecida para registrarla de nuevo buscando en ella con más detenimiento y sin el estorbo de otras personas alguna pista que pudiera servir de indicio y este de conjetura y aquella de prueba que diera sentido a la desaparición de la señora Elvira García.

–Si es para registrar la casa creo que deberíamos ir ahora mismo. Nadie saldrá a las calles hasta que no baje el sol.

–Estoy de acuerdo, salvo en que no iremos los dos sino tú sola. Yo ralentizaría la inspección.

Candela se quedó sorprendida. El juez la animó a no perder tiempo y ella salió pero cuando enfilaba hacia la casa de la desaparecida se encontró con varias chiquillas que la asaltaron en la plaza para jugar con ella y, viendo que ya no podría escabullirse de allí con discreción, se volvió a la casa rectoral. El juez se había retirado a su cuarto y ella, en el suyo, donde casi no se podía parar del calor que a esa hora hacía dentro, se estuvo un rato pensando cómo podía evitar a las niñas de la plaza. Recordó que al coger el mandil del armario había visto ahí otra ropa vieja y alpargatas usadas y, con mucha aprensión, se quitó el vestido y se puso un pantalón lleno de remiendos, un kosovorotka agujereado y un sombrero de paja. De esta guisa vestida salió del edificio sin llamar la atención de las niñas que se pensaron era cualquier mozo joven del poblado, y se llegó a la casa de la señora Elvira.

Candela no quiso entretenerse mucho en su misión. Fue toda nerviosa de un lado a otro de aquel hogar diminuto y abandonado, presintiendo que en cualquier momento alguien la sorprendería, sensación que la llevó al paroxismo del horror al recordar al Fargalloso y su hedor corporal y su dentadura blanca y su aliento cálido y envolvente. Llegada a ese punto de angustia, con la imperiosa necesidad de abandonar el lugar corriendo, Candela se obligó a detenerse y calmar su respiración agitada. ‘Tranquila’, se dijo. ‘Nadie aparecerá. Tómatelo con calma o Juan te mandará de nuevo a rebuscar con más ahínco’. De esta manera, recordando cómo había insistido el juez en que mirara en un sitio y en otro del aula de la escuela que habían inspeccionado juntos, repasó cada rincón del cuarto y de la cocina e incluso probó a mover la cama y la cómoda, y algunas piezas del mobiliario para comprobar que no ocultaran escondrijos.

Satisfecha con su minucioso trabajo, en una última inspección la joven vio en la alacena la biografía del general Prim y, pensando que nadie la echaría de menos y que ella se merecía un premio por la escrupulosa ejecución de su misión -aunque no por su éxito-, decidió tomarla prestada para tener algún pasatiempo en los ratos de aburrimiento nocturno. En último término podría dejar el librito en el lugar que lo había encontrado o incluso llevárselo a doña Úrsula para que esta incorporara el fino volumen a la biblioteca. Después de esto se cercioró de que nadie pasara por la calle y salió del lugar simulando el paso firme y rápido de un hombre joven y atareado hasta llegar a la casa rectoral donde se cambió y comunicó el nulo resultado del registro a su señoría.

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