Extraviada, por Emilia Martínez Ruiz

extraviada

El edificio es blanco, rectangular, de varias plantas y numerosas ventanas enrejadas en las fachadas. Lo rodea un parque de sauces, álamos y rosaledas en el que hay un estanque con nenúfares. El conjunto está cercado por una reja de hierro, su sólida puerta de corredera se acciona desde el inmueble para los visitantes, previa comprobación de su identidad; el personal de la casa la abre y cierra con una clave que se cambia con frecuencia.

Una mujer pasea apática entre la arboleda y los rosales, vigilada a corta distancia; se anima al contemplar los nenúfares y las rosas, le agradan, aunque le resultaría imposible darles nombre. El hombre que la sigue consulta el reloj: hora de llevarla dentro, le habla con suavidad procurando no soliviantarla; en el interior, un delicado perfume de nardo impregna el ambiente, pero ella percibe olor a yodo y alcanfor.

La conducen a su dormitorio con las primeras sombras de la noche, envuelto en una luz tenue entre castaño y oro. Sola, pasea por el cuarto con la mirada ausente, esperando no sabe qué. Ignora desde cuándo y por qué está allí, al girar la rueda de su memoria sus recuerdos huyen. No se reconoce en el reflejo que le devuelven los espejos: una mujer de larga melena negra, inexpresiva, observándola prisionera entre reflejos de plata. A veces se forma en su cerebro el sabor de caramelos, pasteles, frutas; de vez en cuando la asalta la idea de fúnebres cortejos, y de planetas sin órbita abatidos en firmamentos transparentes. Dormida, siente tirones en el corazón como si alguien la llamara desde muy lejos, y entonces encuentra las palabras que debería responder cuando le hablan. Despierta, lo olvida todo.

Por la mañana la llevan a un despacho, sus familiares están reunidos con el médico escuchando un informe desalentador. Cuando entra se acercan cariñosos, ella se deja abrazar indiferente; luego, les dedica los últimos jirones de sí misma: su preciosa sonrisa de siempre y un saludo entrecortado.

Sus atribulados parientes se marchan, cada uno confiando en su fuero interno que la ruleta de la genética no se detenga en su número. Una vez fuera, les parece que el mundo ha envejecido y la naturaleza se ha deshilachado un poco más.

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Las dos Castillas

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