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José Antonio Camacho, enorme futbolista, defensa del Real Madrid, fue fichado años después para ser su entrenador. Duró cinco meses. La razón de tan efímero tiempo en el cargo la dio él mismo: No soy capaz de hacerme con el equipo. ¿Cómo voy a decir que corran a unos tíos que ganan mucho más dinero que yo?

Vaya por delante que soy un enamorado del fútbol. Lo practiqué hasta cumplir los treinta años. De pequeño iba sólo al estadio Puerta de Santamaría a ver a mi añorado Manchego, donde Adolfillo, Esteban Valch, Galiana, Corrales, Neme y muchos más nos ofrecieron tantas tardes de espectáculo y muy especialmente siempre que jugábamos con el recordado Calvo Sotelo de Puertollano, que por cierto no subió a primera división porque no podía seguir llamándose así.

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En la actualidad veo muchos partidos de las distintas ligas, es decir, que estoy “enganchao” a este deporte que hoy a determinados niveles…es ante todo un suculento negocio para jugadores, intermediarios, representantes, algunos entrenadores y presidentes. Suculento negocio, esta es la clave para comprender todo lo que sucede dentro y fuera de los terrenos de juego en los grandes clubes de fútbol.

Dentro del campo, lo que marca la diferencia en el comportamiento de los jugadores con aquellos de cualquier otro deporte donde hay balón, es fundamentalmente la actitud que tienen con el árbitro. No hay decisión que no sea protestada por el jugador amonestado de una manera más o menos ostensible. Las collejas de Simeone, del que soy un admirador, al árbitro, son un ejemplo de la falta de respeto a la autoridad y un símbolo de que alguien que se debe a ella, se comporta como si estuviera por encima. En cualquier otro deporte por las mismas acciones, los jugadores son castigados con muchos partidos y lo que hizo Simeone y otros antes, quizá a perpetuidad. Pero las primas y la presión por ganar los partidos y los dineros que reporta, hace que la actitud deje de tener para todos una visión deportiva para convertirse en mercantil.

Se podrá decir que los árbitros cometen demasiados errores, algunos inexplicables…como en otros deportes, digo yo, en los que el balón es  protagonista y sólo él; donde los jugadores cuando oyen el pitido, siguen jugando, sin pestañear, que es por lo único que cobran.

Pero nadie se atreve a poner freno a esto, porque expulsar a un jugador que cuesta millones de euros, algunos, decenas de millones, es una putada económica para el club y la presión de las directivas lo impide.

Y fuera del terreno de juego nos encontramos con el comportamiento de los aficionados, hinchas, ultras. Esos aficionados que defienden sus colores por encima de todo. Ser aficionado es algo saludable y noble, ser hincha lo es menos por la visceralidad, parcialidad y subjetividad extrema que demuestran; cuando escuchas sus declaraciones bien puedes pensar que son producto de exaltadas alucinaciones. Ser ultra sin embargo es otra cosa, como la cerveza cero-cero, comportamientos irracionales donde se desahogan y desembocan los traumas y frustraciones provocadas por otras causas.

Y también los manejos económicos de representantes, intermediarios, presidentes que, como decía un amigo, se dedican al barajeo, es decir a traspasar a un jugador por otro igual de bueno. ¿Porqué ir para luego venir? Pues para que aquellos que participan en el cambalache se queden con suculentas comisiones y generar negocios paralelos. Además de todo esto, la feria de la publicidad. Vender todo lo que sea de un jugador…a precios escandalosos.

Pero dejo para el final a los que creo, son los dos mayores sufridores de todo este negocio: árbitros y entrenadores. Los primeros presionados por jugadores, entrenadores, espectadores que siempre ven sólo por un ojo. Alabo la serenidad de estos profesionales que están por encima de los chillidos, insultos, presiones e intereses económicos derivados de sus decisiones imparciales. Y los entrenadores, cabezas de turco de un colectivo de jugadores que puede o no funcionar aunque ganen millones y a los que el entrenador no puede suplir. En la mayoría de las ocasiones la destitución del técnico se antoja tan obligada como sabido que es algo absurda e inútil.

El fútbol, un bello deporte que levanta pasiones, aúna emociones, aparca, aplaca y distrae de otros problemas, genera ilusiones…y algunos utilizan para engordar sus billeteras. Un negocio que como ese balón que lo genera, resulta igual de redondo.

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