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escritura

El poeta piensa mirando al cielo de soslayo mientras saca el labio de abajo, con la boca cerrada, deslizándolo sobre el de arriba. Intenta escribir una oda a un naturalista que enfermó de tisis en su casa solariega y que ya —desafortunadamente— no puede salir a ver la natura, tras la lluvia.

—Por si no lo sabe usted, el olor a tierra mojada se llama petricor.

—¡Anda que bien!

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Lo primero que ha puesto —el poeta, se entiende— ha sido el título: «Oda al naturalista enfermo». La oda, mientras mira al cielo buscando la rima de «exuberante», se caracteriza por estar escrita en versos libres, lo cual le viene muy bien. No es tan estricta como los sonetos y los romances, pero la compone con rima consonante. Lo importante de las odas es expresar con exaltación y firmeza la admiración por algo o alguien; puede ser sagrada, heroica, filosófica, amatoria, etcétera. Admira a Rubén Darío.

La oda que ha escrito transmite la paz que en el poeta produce la lluvia en el idílico valle donde sitúa al naturalista tísico, más verde, más oloroso, más paradisíaco aún y la pena, que tras los cristales matizados por el agua que chorrea, siente el científico.

—¿Usted sabe de cuentas?

—Las cuatro reglas.

—¿Y el interés?

—También. El interés es igual a capital multiplicado por el rédito y por el tiempo y dividido por cien cuando el tiempo va en años, por mil doscientos cuando lo hace en meses, o por treinta y seis mil cuando nos lo dan en días.

El poeta, hecho de nuevo el gesto con el labio de abajo y esta vez sin mirar al cielo hace un buruño con la cuartilla y la tira a la papelera. Utiliza hojas pautadas en azul, papel de carta y escribe con letra inglesa. Hace letras capitales después de cada punto y aparte, trazando primero en el aire la forma de la letra. Les dibuja unos redondelitos muy piadosos y edificantes como remate que le han dado fama de excelente calígrafo.

—Entonces usted va a llevar las cuentas. En una libreta pone en la pasta:“Cuentas de la sociedad La Invencible”, en letras grandes y en otras más pequeñas y debajo: “Llevadas al día por Antonio Parra, usando el método de la partida doble”. Esto último siempre queda bien.

—Cada partida lleva su contrapartida.

En la mesa, junto al bloc de cartas pautado con rayas azules, excesivamente separadas, había una lista escrita sobre papel de estraza con caracteres variados y desiguales, que decía lo siguiente:

Lista de los miembros de La Invencible, sociedad en comandita.

1 Sinforoso Díaz Archidona, “Bartali” por mal nombre, Villanueva de los Infantes, 35 años, estraperlista y ciclista aficionado. Firmado.

2 Eladio Sánchez Domínguez, alias “Granadero”, Tomelloso, hortelano, tiene 43 años. Una cruz y la huella de un dedo.

3 Jacinto Izquierdo, alias “Chupacharcos”, Ordenes (La Coruña), chamarilero y reparador de paraguas, 38 años. Una cruz y la huella de un dedo.

4 Antonio Parra, alias “Panduro”, Tomelloso, 23 años, melonero y poeta aficionado. Firmado.

5 Evaristo Ansorena Valderrama, “Tetas” por mal nombre, Almendralejo provincia de Badajoz, 38 años, sin oficio. Una cruz.

—Somos cinco, yo el primero, todos buena gente. Al primero me la líe se queda fuera ¿Comprendido?

—¿Y cuál va a ser el objeto social de la sociedad?

—¡Eso ya son otros garcías!

El contable y el gerente, mano a mano, le dan los últimos toques a la empresa. Mientras, en el cuarto de al lado el Granadero, Chupacharcos y Tetas juegan al subastado.

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