El cuadro, por Emilia Martínez Ruiz


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Lo vio en una galería de arte, colgado en un rincón, aislado de los demás cuadros. Era una tabla entelada de 45×54; en los extremos laterales, gruesas columnas negras y azul cobalto enmarcaban un espacio verde brillante con una puerta de roble cerrada al fondo, que tenía en el centro un cristal opaco plateado y un picaporte dorado; por debajo de la puerta fluía un torrente rojo deslumbrante salpicando las bases de las columnas. Autoría, fecha y título resultaban ilegibles. Le pareció original y le atrajo el misterio que desprendía. El galerista, ansioso por deshacerse aquella obra, casi se la regaló.

La compradora era soltera, todavía joven, vivía sola. Ella misma colgó el cuadro enfrente del sofá del salón. Cenó con un amigo, profesor de arte, que estudió detenidamente la pintura sin ocultar el desasosiego que le producía. Días después su amigo, alarmado porque ella no contestaba a las llamadas y mensajes, entró en la casa con la policía. La encontraron sentada en el sofá, vestida como para ir a una fiesta, muerta, con una expresión apacible en el rostro. Él se fijó en el cuadro, sorprendido observó que la puerta estaba entreabierta.

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Las dos Castillas

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