Domingo, 13 de agosto de 2017, una de las  lecturas  es del Primer  Libro de los Reyes (19,9a.11-13a) y dice:  “En aquellos días, cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar!»
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes e hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva
.”

Después de la pregunta ¿Existe Dios? si la respuesta es afirmativa, los seres humanos nos hacemos otra ¿dónde está Dios?. A ella nos responden todas las religiones conocidas. Otra cosa será aceptar o rechazar la respuesta, acción que dependerá de la formación intelectual y convencimientos religiosos propios. El ser  persona de estudios no da garantías de admitir la respuesta acertada ni emitir otra más cercana a lo que buscamos.

Las actitudes religiosas, cuyo abanico es casi tan numeroso como las personas, yendo desde la superstición adornada de la más exquisita superchería hasta las creencias más serias que puedan presentarnos las distintas religiones  con respaldo histórico, científico  y seguimiento multitudinario de siglos, intentan aportar luz de modo serio en unos casos y con intereses espurios en muchos otros.

Es la pregunta que el autor del libro de los Reyes quiere responder. Para lo cual trae a la memoria conocimientos de sus ancestros conservados en la memoria del pueblo israelita.

El marco del texto nos recuerda, no por casualidad,  el  “Mito de la caverna” de Platón, donde las personas que no conocen la auténtica realidad viven dentro de una gruta en un mundo de tinieblas y de sombras. Para descubrir la luz, y el conocimiento de las cosas, han de salir de la cueva y, ayudados por el sol, contemplar todo lo que los rodea.

Tales conocimientos  prestan –en el texto trascrito arriba- la sabiduría de pueblos vecinos religiosos ellos y buscadores de Dios. Creían haberlo encontrado en el “huracán tan violento que descuajaba los montes” o en el “terremoto”, expresiones catastróficas de la naturaleza, utilizadas por sabios religiosos, chamanes, o brujos alimentando el miedo de sus seguidores para conservarlos fielmente en las predicciones ocurrentes en cada momento.

También intenta –el autor del libro de los Reyes- buscar a Dios en el fuego, cuarto elemento de la naturaleza. Crucial en la evolución de la historia humana.  Dominado ya su uso desde le época de Neandertal en múltiples circunstancias por el hombre. Conserva el ímpetu destructivo de los anteriores huracán y terremoto, aunque el hombre consigue sus productos de calor en invierno, ahuyentador de otros depredadores y aliado culinario en la alimentación.

La respuesta que va surgiendo lentamente es que Dios no está en la destrucción, ni en lo que mata cualquier clase de vida, pero Elías lo descubre en el sonido de “una brisa tenue”; “al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto por respeto a Dios, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva”.

Estos días de estío con temperaturas muy altas, valoramos especialmente una suave brisa que nos refresca, como una caricia, tan delicada que preferimos no movernos para disfrutarla sin romperla, incluso nos llega perfumada por algún jardín cercano.

Qué imagen tan bonita y tan acertada para pintar la presencia de Dios entre nosotros. Se presenta sin ruidos, de manera callada, con ligero perfume a bienestar. No avasalla, se ofrece, está dispuesto a que lo percibamos. Pasa como la confianza infinita del bebé en su mamá. Es como la interacción de miradas enamoradas. Es Abbá (Papaíto) en boca de Jesús.

Qué lejos por fin el dios de los ejércitos, de las guerras, de la muerte.

Qué lejos por fin el dios de las venganzas, de los castigos y de los infiernos.

Qué lejos por fin el dios sanguinario necesitando la muerte de su hijo para perdonar.

Pero para descubrir a ese Dios experiencia de Elías, hay que salir de la cueva, imprescindible tener necesidad de luz; necesario tensar los sentidos; no cabe la distracción con inciensos, ropajes brillantes y ceremonias ritualistas; descartados los negocios y los chantajes, este Dios ni se compra ni se vende. Este Dios se regala a  sí mismo a manos llenas, tanto que hasta se da en la Comida compartida, agradecida y agraciada.

También es imprescindible estar de pié, preparados para el camino, como aquellos israelitas de la cena de Pascua en Egipto “ceñidas las cinturas, los pies calzados y el bastón en  la mano” (Ex. 12, 11). De pié en cualquier circunstancia como la Mamá de Jesús junto a la cruz, llorando, pero firme el ánimo aunque las piernas tiemblen por la tragedia. Atentos a cualquier movimiento en  nuestro entorno con los ojos avizor hay millones de huellas del Dios-con-nosotros.

A propósito de atención… -¿Cuántas veces has visto una parra o una cepa en la viña? –Miles de veces…  -¿Has descubierto la sabiduría de esa parra?

Sabe perfectamente cuándo debe comenzar a echar los tallos, cuándo y en qué tramo de los sarmientos debe poner las hojas, sin olvidar los zarcillos (los hilos que enrollados a estructuras firmes proporcionan soporte a la planta). Ah… y en el lugar más adecuado, protegidos de todos los elementos perturbadores va a colocar los racimos de uvas, el tesoro más preciado que tiene… Posteriormente y con la ayuda humana regalará el licor más exquisito, exótico, colorista, sabroso y valioso que pueda ofrecer la madre naturaleza.

¿No te parece que a nuestro alrededor hay innumerables huellas del Dios que descubrió Elías, mostró el Señor Jesús y tú disfrutas cada día?

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