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Queridos ciudadanos:

Entenderán ustedes que hable de un modo limitado, porque rara vez se presenta el caso de que unas piedras (o una construcción) se arrogan el privilegio de tomar papel y lápiz y se encaminan a reflejar sus pensamientos (sabrán ustedes perdonarme, por lo tanto, mis yerros).

Mi petición es llana y sencilla. Me gustaría que eliminaran de mí esas letras que honran a José Antonio Primo (de Rivera).

Esto no lo digo por motivaciones políticas, ni religiosas (aunque ustedes quizá no lo sepan, las piedras somos aconfesionales y totalmente ajenas a sus devaneos humanos sobre el modo en que han de gobernarse), sino por una mera cuestión de mayor lucimiento del entorno en el que me enmarco.

Es cierto que ocasiones, para la limpieza de mi entorno, han existido. Así como voces que, aprovechando dichas alteraciones o, sin requerir la presencia de aquéllas, también han defendido la eliminación de la referida alusión al personaje histórico (de leyes una no entiende pero me ha parecido escuchar que en España aprobaron una que contemplaba supuestos parecidos al que planteo).

A mayor abundamiento, he tomado conocimiento de que, gracias al acuerdo del Pleno del Ayuntamiento, se retiraron unos cargos honoríficos que fueron concedidos al (otrora) Generalísimo. Entenderán que asuma (y presuma) que pueden hacer un esfuerzo (los llamados legalmente a ello) para arreglar esta situación.

Y comprenderán, por último, que para una piedra (como ésta que les escribe) es complicado escuchar las explicaciones que algunos padres, hermanos o  sobrinos dan a los pequeños que (siempre curiosos) preguntan por la identidad (obra y milagros) del sujeto cuyo nombre se halla cincelado en mi geografía pétrea.

Es más, al principio resultaba gracioso, por aquello de los silencios y los titubeos, pero, con honestidad, cuando una reflexiona sobre la magnitud de la cuestión que nos contrae, la hilaridad desaparece inmediatamente.

Parece poco adecuado, a estas alturas de siglo XXI que vivimos, que estos homenajes (así, al menos, entiendo yo que el nombre de cualquiera luzca a la vista de todos los ciudadanos en un lugar de pública visita) se mantenga sin que se gobierne lo oportuno para remediarlo.

No quise (por ignorancia) identificar quiénes han de ser los responsables de la actuación, pero, a buen seguro, con la voluntad necesaria y la coherencia (inevitable), se logran remover los eventuales obstáculos que se pudieran apreciar.

Les dejo, espero que sepan perdonarme el arrojo de escribir estas líneas.

Deseo que disfruten mucho del privilegio (y grandeza) de ser tomelloseros y, sobre todo, que continúe dando vida a un lugar tan emblemático y concurrido como la Plaza de España (añoro su representación y fisonomía antigua, pero eso daría para otra de estas misivas [y no olviden quién la escribe]).

Larga vida a todos.

La piedra de la iglesia donde grabaron José Antonio Primo de Rivera

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