Calle oriente

Mis queridos paisanos:

Les resultará extraño, qué le vamos a hacer, que una calle de su municipio se tome el ánimo de dedicarles unas líneas en esta plataforma virtual.

No obstante, y ante lo fortuito de la situación, les aseguró que no les robaré más que unos minutos.

El motivo de esta carta no es otro que el de agradecer la actuación llevada a cabo, tiempo ha, por los Gobernantes locales, haciéndome tomar mi nombre habitual (y por el que hoy se me conoce) en detrimento del que imperó desde los primeros días de julio de 1971, cuando respondía a la Avenida del General Sánchez Montoya.

Aquel nombre, al que ya le tengo cierta aprehensión, derivaba de la distinción que el otrora alcalde del municipio, D. Miguel Palacios Valero, hizo al, entonces, general de la Guardia Civil.

En el discurso del día, el Regidor Municipal elogió las virtudes del General, en especial, “por lo que respecta a nosotros, en otoño de 1947, [cuando] combatió en esa calle, en una casa, de la calle que hoy le dedicamos, al bandolerismo, a esa ceguedad de conciencias y de mentes que querían regatearnos la gloriosa y fecunda paz estrenada el primero de abril de 1939”. Ustedes valorarán las palabras, las fechas aludidas y las virtudes (o defectos) del combate del llamado “bandolerismo” (sepan, para los más jóvenes, que el General, en su discurso de agradecimiento, matizó que el Partido Comunista se hallaba en período de formación a instancias de los bandoleros [pues eso, que ustedes valoren]).

Como entenderán, cuando se me devolvió mi nombre actual, el de Calle de Oriente, hubo (bastante) menos boato y oropel que en julio de 1971. En aquella fecha, la del 71, y quizá por el tórrido calor que esta tierra propicia cuando llega el verano, el General consideró oportuno lucir el uniforme blanco del Cuerpo, tocado con unas gafas negras, mientras a su alrededor, además de familia y curiosos, se aglutinaban el ya citado Alcalde y Gobernador Civil, D. José María Roger Amat, que estoicos (políticos, en suma), aguantaban la que estaba cayendo (en más de un sentido), “encorbatados, trajeados y con pañuelo en la solapa”.

Ustedes comprenderán (o no, ¿quién sabe?) mi alegría.

Pero para alguien, tranquila y sosegada, como yo, siempre es más elocuente y pacífico rendir tributo a un continente que a un hombre de armas.

Quizá no venga a cuento, pero, por suerte o por desgracia, solo la memoria nos hace asentar la creencia de que conviene echar la mirada atrás con frecuencia.

Visítenme, les espero.

La calle de Oriente

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