Carta de Dña. Lorenza Ruiz Navarro


parricidio

Mis queridos amigos:

Casi cincuenta años han pasado del triste suceso que, para mal o para bien, marcó toda mi existencia.

Muchos de ustedes no me conocerán (y casi mejor así, porque el género humano acostumbran a ser más ecuánime cuando falta la sensibilidad, hecha filias y fobias, de la cercanía y proximidad), pero si efectúan una labor de búsqueda, descubrirán que fui la asesina más famosa de finales de los sesenta en la localidad.

Entenderán que no guarde especial apego a mi título, pero lo cierto es que los periódicos se encargaron de trasladar a sus enviados especiales, el día después de que yo acabara con la vida de mi marido (un certero disparo que interesó su clavícula derecha y el pulmón, provocándole el fallecimiento de inmediato), para ahondar en las eventuales causas de mi luctuosa decisión.

Verán ustedes, no voy a justificar lo que hice (nada permite hacerlo cuando existe el cuerpo sin vida de un ser humano de por medio), ni siquiera voy a intentar que ustedes se compadezcan con la penosa situación que yo me hallaba viviendo (piensen cómo se siente una mujer que, tras soportar la viudedad, cree ver, en un hombre con el que había compartido vida íntima durante casi dos décadas, un compañero y quien, sin embargo, apenas cinco meses después de haber contraído matrimonio, se encuentra con que éste pretende que abandone mi propia casa).

Leerán, si acuden a los archivos de mi caso (para el supuesto de que la Justicia guarde testimonio de un evento tan antiguo), que mi marido era “algo disipado”, un eufemismo como cualquier otro para relatar lo que un vecino retrató, en palabras más llanas, al periodista de Lanza que se dedicó a cubrir la noticia: “Él [por mi difunto segundo esposo], de siempre [noten lo peyorativo de la coloquial expresión tomellosera], ha estado con unas y otras”.

Sin embargo, como ya les decía, mi intención, hoy, no es la de buscar su compasión, ni tan siquiera la de robarles más de cinco o seis minutos en la lectura de esta misiva. Solo deseo que las muchas jóvenes (y no tanto) que leen estas páginas aprendan de mi situación y huyan ante cualquier atisbo de actuación machista (o de dominio violento, físico o psicólogo, que tanto da).

Mis épocas no eran las de ahora y, por entonces, se veía como habitual que el compañero se permitiera determinados lujos y amenazas (los periodistas se curaron en salud a la hora de señalar que yo me “había quejado repetidas veces de que mi marido me daba mala vida y parece ser que la había maltratado en alguna ocasión anterior. La agresión última no tuvo ningún testigo”, para, unos cuantos párrafos después, revelar el testimonio de un vecino que aseguraba “que la noche anterior al día del crimen, Vicente [mi esposo] amenazó a su mujer [quien les escribe] con la escopeta”). Medias tintas de los plumillas.

Esa actuación, la de nadar y guardar la ropa es la que propiciaba finales tan infaustos como el que hoy les relato y, por ello, se requiere de nuestra sociedad (ésa que hoy disfrutan ustedes y que yo veo, desde mi privilegiado mirador, ya mortal) un compromiso férreo, de hombres y mujeres, por la pacífica convivencia y el respeto.

Yo, ni lo tuve, ni supe evitar mi error. Espero que ustedes, sí.

Tengan suerte.

Lorenza Ruiz Navarro

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El conductor de coche escoba

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