Apreciado amigo.

Espero que se halle usted disfrutando de una grata Feria y Fiestas y que, asimismo, el verano le esté siendo pródigo, en su canícula, en experiencias y reposo (u ocio, como suele ser habitual en las fechas que nos contraen).

Se preguntará (y no sin cierta parte de razón) qué me mueve a molestarle, durante este periplo vacacional, con una de mis cartas.

Vaya, de antemano, que aprecio la sensibilidad artística que usted nos regala en sus instantáneas para El Periódico y que, además, también hemos podido observar en las colaboraciones y exposiciones que ha venido realizando durante estos últimos años.

Es por ello que me permito llamar su atención sobre un lugar que, quizá por su juventud, no disfrutó usted tanto como quien escribe (sobre el que pesa, a buen seguro, alguna que otra década más).

Le hablo de la orfandad que dejó el quiosco de Ángel, que se enclavaba, en su sencillez (apenas una construcción cuadrangular, de metal con ese color herrumbroso que propicia la intemperie, verjas y toldo) al inicio del Pasaje de la Iglesia.

Era éste un lugar común para la parroquia que acudía a adquirir sus periódicos o revistas y, además, a cambiar las novelas del oeste (de ésas que permitían su préstamo para la lectura y posterior devolución) o a comprar los cobros de las diversas colecciones que se publicitaban.

No obviaré, que el quiosco, quizá no del modo más oportuno, constituyó también el inicio del despertar sexual de muchos jóvenes, que se apiñaban, en su flanco derecho, para apreciar las portadas de revistas X en las que jóvenes mujeres lucían sus atributos.

Ángel, un auténtico comerciante (en el sentido de tendero cercano que conocía a sus clientes y que ora les recomendaba ora intercambiaba las impresiones), contaba con esa inteligencia que le hacía esperar que ganara el Real Madrid para que sus ventas no se resintieran, a pesar de ser un confeso forofo de los intereses del club de la ribera del Manzanares.

Como usted ya habrá reparado (pues es asunto que tuve ocasión de subrayar en anteriores comunicaciones), algún tipo de mecanismo unido al (salvaje) capitalismo nos está arrebatando, paulatinamente, la geografía afectiva del centro de nuestros pueblos y ciudades, arrastrando a su paso los comercios tradicionales por los establecimientos de multinacionales.

Ese movimiento también desbordó al quiosco de Ángel. Pero, única y exclusivamente, desde un punto de vista material, porque su recuerdo siempre habita en nosotros. Incluso ahora, cuando pasamos (y paseamos) por ese céntrico enclave local.

Mucha suerte, amigo (deseo que sepa usted disculparme la osadía y el atrevimiento).

Y gracias por su privilegiada visión que retrata en sus instantáneas.

Larga vida.

El conductor del coche escoba

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