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Me ocurrió un  día paseando por un pueblo agricultor. Vi una construcción de forma regular que albergaba una nave a la que  llevaban la recolección de trigo. Un señor con su tractor-pala daba marcha atrás, agachaba la pala e iba remontando grandes cantidades de grano. Así una y otra vez hasta recoger a su gusto y necesidades el sudor hecho trigo de otros muchos agricultores, formando una montaña con aquel producto.

Este hecho no tiene nada de especial aparentemente. Sin embargo a mí me hizo pensar durante un rato. Aquello era trigo, o sea, millones y millones de granitos de trigo candeal, granos diminutos.

Algunos gorriones robaban aprovechando la atención del tractorista en su tarea y la desatención que ello provoca al  resto de compañeros pájaros escondidos a hurtadillas detrás.

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La primera apariencia era de una gran montaña de color dorado.

Caí en la cuenta de que cada granito de aquellos ocupaba su lugar. A unos, los primeros, les había tocado estar abajo del todo, en el suelo. Otros estaban delimitados por las paredes. Otros formaban las esquinas de  aquella nave. La mayoría situados sobre los de abajo y rodeados de otros muchos. Y estos muchos de otros miles. Y así sucesivamente.

Lo llamativo era que cada uno se quedaba donde le había tocado, en su lugar, no negociaba con el de más arriba para subir o quitarse el peso de los que habían situado encima. Ni cedía su puesto al vecino ansioso de trepar.

Se veían a los granitos hombro con hombro y espalda con pecho de los de su entorno. Cada cual aguantaba y disfrutaba del sitio que le había tocado.

Minúsculos granos que juntos y sin ceder un ápice, solidarios con el vecino  formaban ya una montaña que llegaba al cielo de la nave de los agricultores, provocando en ellos caras sonrientes al ver el fruto de sus sudores ya a buen recaudo.

Algún tiempo después esos granos ejercerían otra función. Pasarían a ser alimento para desterrar el  hambre. Otros serían pasteles  para endulzar fiestas y acontecimientos alegres. Otros volverían a la tierra para hacer germinar infinitas espigas y continuar la reproducción. Unos con el disfraz de pan irían a la boca de bebés en su intento de endurecer sus encías, o se desharían poco a poco en la boca de ancianos. Otros incluso serían usados y compartidos en las eucaristías, festejando el memorial de la Cena de Jesús.

También ahora cada granito cumpliría con una gran sonrisa en su tripa aquello que debiera hacer.

Concluí mi embobamiento en aquella nave y con los miles de granitos, pensando que aquella imagen era muy parecida a la sociedad y comunidad en que vivimos.

Uní esta reflexión con el hecho de presentar un libro el domingo ocho de octubre. Se trataba de una colección de relatos de la vida de un sacerdote. Una vida sencilla dedicada a los demás desde la fe en Jesús.

Pero observo también la inmensa mayoría de gente (al igual que los granitos de trigo) que formamos la sociedad; un sin número  de personas situadas  en los lugares que las puso la vida. Cada cual es su puesto, en su trabajo (campo, oficina, taller, casa, colegio, calle, instituto, centro de salud, hospital, viñas, bodega, transporte, ancianidad, enfermedad…) en ocasiones desarrollando tareas demasiado repetitivas, cansinas y poquísimo valoradas (como las faenas de la casa).

En otros momentos mimando y acariciando  la tierra en su parcela o en su viña posibilitando el milagro de nuevos frutos. En la maraña de documentos legales.  En la dichosa tarea de formar y educar personas en proyecto de un mañana mejor. En la lucha cuerpo a cuerpo contra el dolor y el sufrimiento del resto de “granitos de trigo” personificados.

Cada persona ofrece lo que es y lo que tiene, además de su trabajo, sus cualidades, sus posibilidades, e incluso sus defectos… Cada cual ensamblado con los de al lado formamos esa gran montaña de la Humanidad.

Nuestros problemas son “las piedras” que en ocasiones utilizamos con la intención de que ocupen el sitio propio y así ahorrarnos el esfuerzo de vivir soportando lo inaguantable del entorno, las otras semillas de cardos, de malos-vecinos, de pajitos, de amapolas y malas hierbas.

Es tan común ver a cada quien en su trabajo y desarrollando su función, que no nos admiramos. Cada cual asume su responsabilidad su faena, lo que le ha tocado o escogido en la sociedad.

Creo que también piensas que alguno que otro no ocupa su sitio dónde y cuándo debe. Que como grano de trigo no funcionaría bien. Pues sí, te doy la razón. Me consuela que son lo menos numerosos.

Seguro que el Agricultor: Papá-Dios ensancha su cara y sonríe cuando te descubre cada mañana en su Montaña disfrutando de la vida, aunque tu apariencia sea la de un diminuto grano de trigo candeal.

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