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Dentro de las mentes pensantes, a mi parecer, hay un grupo muy selecto, es el dedicado a la publicidad, más concretamente el de personas que eligen el lema publicitario, digamos  “slogan” (para ser más anglófonos, esto “da mucha personalidad”) y fotos o grabación sonora e icónica.

No podemos negar el hecho de que muchos anuncios publicitarios son verdaderas obras de arte e incluso disfrutamos contemplándolos y desde aquí mi reconocimiento a los artistas inventores. Hay que afirmar a la vez su manejo malabarista de la psicología y la pedagogía para crear la necesidad imperiosa de conseguir la panacea de la felicidad encarnada en el producto ofrecido.

El primer objetivo de la publicidad evidentemente es vender la “maravilla deslumbrante”, habiendo hecho imprescindible su uso y disfrute al convencido comprador suertudo, por otra parte, de haber dado con el tesoro.

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Dentro de la necesidad creada en la personalidad que ha vivido el acto publicitario entra la manipulación palpable o velada de la mente escuchante y visionadora (adjetivos muy de actualidad) del texto y de la imagen.

Hace un tiempo, no sé cuánto exactamente, disfrutamos-padecemos la publicitación  (como ahora dicen los entendidos) de un producto cuyo nombre no quiero escribir, con una frase, en mi opinión, altamente manipuladora, es ésta: “No puedes no tenerlo todo”.

Las personas dedicadas a la educación (padres, profesores, pedagogos, orientadores, etc.) se inquietan por la repercusión que pueda tener en cualquier ser humano y más entre los niños y jóvenes educandos.

Si ya de entrada muchos somos egoístas y envidiosos  y  escuchamos “no puedes no tenerlo todo”. Inmediatamente pensaremos, “tengo derecho a poseer todo lo que quiera”, sea lo que sea. Si admitimos sin más discusiones la afirmación, nos creará el convencimiento de poder poseer sin medida ni freno lo que se nos antoje.

No se trata de tener cubiertas unas necesidades vitales, es tenerlo todo, todo…

Pero algunas incógnitas surgen: ¿Quién me lo da? ¿tengo derecho a cogerlo sin permiso de nadie? ¿si no lo tengo, es que es de otro, al que puedo comprárselo o quitárselo?

¿Por qué mis padres no me dan todo lo que no tengo, juguetes, ropa, caprichos, alcohol, drogas?

¿Por qué mis amigos tienen unas cosas que yo no poseo: teléfono de última generación, moto de alta cilindrada, coche con unos altavoces “que flipas”?

¿Te imaginas el  infierno de la familia en la que  alguno de sus miembros se haya convencido de que no puede no tenerlo todo y exija a los de su alrededor las cosas más extravagantes, o simplemente todos los caprichos imaginarios?

La demencia total llegaría cuando planteásemos no sólo el tener cosas, sino “tener personas”, poseer personas. Estaríamos a un paso de volver a la cultura esclavista. Aún peor, en algún caso de asesinato de mujeres la frase del asesino era: “si no eres mía, no serás de nadie”. ¡Las personas no tenemos dueño, no pertenecemos a nadie!

Pero no podemos quedarnos en lo negativo; es imprescindible encontrar soluciones y ser positivos.

Empezando por no solo no puedo no tenerlo todo; de ninguna manera debo tenerlo todo. Soy humano, no almacén de cosas. Soy persona no elemento posesivo. Mi persona se mide no por lo que tengo, sino por lo que soy.

Crecemos como personas cuando trabajamos nuestro ser-persona. Somos más cuanto más progresamos en cualidades, conocimientos, sabiduría, posibilidades…

Nos realizamos en los momentos en que vivimos en familia, en vecindad, en sociedad, donde podemos compartir lo que SOMOS y lo que tenemos.

El tener como sinónimo de poseer nos lleva a una actitud egoísta donde no hay límites, el ansioso de dinero –al que llamamos rico- nunca tendrá suficiente capital, nunca estará conforme, siempre ansiará más, sin recordar que vino al mundo desnudo y se irá dejándolo todo.

Volvemos de nuevo a la famosísima frase de la literatura universal de contenido filosófico impresionante, puesta por Shakespeare en boca de Hamlet: “To be, or not to be, that is the question”. Lo importante es ser o no ser; no, tener o no tener.

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