El mensajero no tiene la culpa, por Pedro Muñoz Plaza

Está cabreado, muy cabreado. En el taller, frente al montón de chatarra inservible en que se ha convertido su otrora espectacular todoterreno, que

con el coche a cuestas

Está cabreado, muy cabreado. En el taller, frente al montón de chatarra inservible en que se ha convertido su otrora espectacular todoterreno, que tanto esfuerzo le costo conseguir, grita, despotrica y echa pestes sin pensar contra todo lo que se mueve. Desquiciado, abandona el taller con la obsesiva idea de encontrar culpables y hacer rodar las cabezas necesarias para compensar todo lo que le está pasando.

No comprende nada. Se le vienen abajo sus esquemas. Todo su mundo se le escapa entre las manos, se desmorona. Tiene a los culpables delante de sus narices. O cree tenerlos.

Los bomberos reventaron el coche para sacar a sus hijos y su mujer del amasijo de hierros; el seguro alega que el vuelco en aquella curva es responsabilidad suya, y el terceros no le repondrá el coche; su jefe le despidió el mes pasado; el abogado de su mujer le ha dejado en la calle y el juez le impide ver a sus hijos.

El accidente ha sido la gota que colmó el vaso. Todo iba sobre ruedas: su casa, su familia, el trabajo, ganaba dinero… Las fiestas. El alcohol. Las drogas…

Los bomberos, el seguro, el jefe, el abogado y el juez se encontraron el estropicio ya hecho. Su mujer y sus hijos han visto impotentes como echaba a perder todo lo que un día construyeron juntos.

Asumir las consecuencias de tus actos. En eso consistía hacerse mayor, me decía mi padre. Que complicado. Estamos rodeados de cafres que casi se matan por conducir borrachos y le piden responsabilidades al bombero, que les sacó de entre los hierros de la carrocería, por romperle la puerta del coche; que le gritan al maestro por suspender al hijo que malcrían en casa; que piensan que su mujer les deja por culpa del abogado que llevó el divorcio y no por que le hacía la vida imposible desde hace diez años. Es como si demandas al cirujano por la cicatriz que te ha quedado tras operarte la ulcera que tú mismo te has provocado tras años de alcohol y mala vida.

Tsipras ha ganado las elecciones griegas. Ha encontrado su país en la cuneta hecho un amasijo de hierros retorcidos. Los griegos le han pedido que arranque la puerta, que corte en donde sea necesario para sacarlos de allí. El conductor borracho y el prestamista que financió el coche le amenazan y le lanzan advertencias en las que le avisan de las consecuencias que acarrearán los daños que pueda ocasionar.

No sé si Tsipras sabrá donde cortar, no sé si será un buen bombero, chapista, cirujano o lo que quiera que necesiten los griegos. Lo que sí parece claro es que él no estrelló el coche.

El conductor borracho y el prestamista usurero han destrozado el coche con los griegos dentro. Y aún así gritan desquiciados que les dejen continuar, que no sabe con quien se está jugando los cuartos. Con lengua pastosa por los efectos de las drogas, insisten y persisten en sus amenazas.

Y no solo en Grecia .

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